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El enarbolado

Querer morir no es lo mismo que desearlo. Cuando el dolor nos vuelve ajenos a nosotros mismos, confundimos el anhelo de frenarlo con cesar de respirar, como si su llama se extinguiera con el mismo aire de nuestros pulmones expirados. En la nebulosa de sus ojos, le pareció ver pisadas alejándose hacia el norte. El ciervo armonizó sus latidos y, en cada bocanada de aire, se arrastró de vuelta al sendero. Bramó tan fuerte que las aves se esparcieron más allá del prado por el eco recio de su garganta. Solo los abetos del camino contaron las agónicas horas y el recorrido que perdió de vista al principado entre el espesor del bosque. El alba se alzaba fuerte y la mañana resplandecía como el mediodía; su sol era cálido y encarnado entre los pasos del follaje, empujando las hojas del variante ocre hacia el suelo. Parecía que los años habían escogido este páramo como su favorito, porque todo era firme y excelsamente bello en su pura presencia. A medida que caminaba, el crujido no entorpecía la ...

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