Mirar
Así como otros deben aprender a cerrar la boca, a mí me toca aprender a no mirar de esa forma cuando no debo hacerlo. Caí; solito me metí en este problema, fijando por casualidad la vista en una escalera mecánica que descendía —mi deporte es contemplar a la gente pasar—. Pero, rayos, su cabello negro y noventero se mezclaba a juego con el tono caramelo de su piel; en un lento segundo debí haber quitado la vista apenas me la devolvió, pero no pude. Me quedé pegado viendo cómo se compuso en cuanto se percató de mí, cómo dejó de agitar su mano mientras hablaba con su compañera, hasta que se posó detrás de nosotros, retomando su puesto de trabajo. No escuché su voz, no detallé su forma de caminar ni analicé su posible temperamento; sólo cedí al paso de los minutos. Cuando terminamos de comer, me levanté en un giro para irnos, pero sus ojos se estacaron hacia mí. Desde el otro extremo del mundo, al final de la barra, me miraba inerte, cubriendo su cabeza con la malla que no lograba opacar s...