El Alma


En las crudas eras naufragantes, 

golpeaba el vidrio la palabra errante;

y acercaba a otra alma la llama, 

que quemaba un torso de lana.

El destilador no pretendió su contenido,

pero, en el inesperado brillo,

derramó la ciencia desconocida de su lebrillo.


¡Qué aroma se fugaba de su existencia!

¿Cuál silencio derramado en su copa lucía?

"Ha llegado a su punto más excelso" —decían—,

pero en ascuas, el joven permanecía.


Sus gotas de rocío rebasaban un tintero;

fue cuando el sello de su boca rompieron.

Abundaron de mosto su astuto ingenio

y, en la magna juventud, descubrieron:

Que no eran los años su real precio,

sino su fuerza, el pensamiento recio.


¡Que arda la maldad adentro!

¡Que se fundan sus tormentos!

Libere el secuaz sus intentos,

porque la pureza de su ungüento

será sanidad al dolor hambriento.


Podrán beber de su alma el engaño y la proeza;

contemplarán otra vez su mirada ilesa

sumergida en el desconcierto de la vida,

que reposa su alma quieta, jamás vencida.


Es que esto pasa en el deleite y la tristeza,

que se enredan fuerte en el alma como presa.

Podrían hacer estallar a hombre cualquiera,

Pero este licor... no lo bebe quien quiera.

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