"Café Irlandés"
"En eso, el ardiente sabor del whisky endulzado por la crema, se dirigieron a un árbol de humo que hallaba su nacimiento en el corazón de una pipa, combinándose con una barba cargada, un gramo de curiosidad y una bráctea llena de murmuraciones alzadas por la plenitud de un rostro atezado bajo la misma condición."
Paso a paso, el agua salpicaba detrás de cada talón. La humedad del aire perfectamente establecido, llenaba todo el día de refrescante paz, un afable domingo otoñal era coronado por un cielo rasgado de tonos cálidos y despejados, que incendiaban su extensión cada vez que el sol ordenaba a las nubes separarse un poco para que flemáticos como yo apreciaran el cielo limpio del norte europeo. Miraba como el vapor de mi aliento quedaba atrás, al dirigirme a un lugar donde la tranquilidad tiene aroma a café, la comodidad el tacto de la madera y el silencio el sonido de tazas siendo llenadas por puro elixir.
El anuncio de la campanilla en la puerta me daba la bienvenida al increíble sitio que me acogía cada vez que deseaba tragar una pena. Me deslicé por la banca en ciprés y esperé que llegara el elixir reposado cubierto en exquisita crema. Mis manos protegiendo el tazón, descubrían el sentido del cosmos cada vez que mis dedos abrazaban su cuerpo. Desenredé el scarf alrededor de mi cuello y golpeé de forma sutil el mesón veinteañero como punto de partida al disfrute de un momento personal y casualmente planeado. En eso, el ardiente sabor del whisky endulzado por la crema, se dirigieron a un árbol de humo que hallaba su nacimiento en el corazón de una pipa. La bebida caliente ya hacía su efecto, esclarecedor y fuerte, al dejar que mi barba cargada liberara un gramo de curiosidad, lo que inducía a ser interrumpida por mis dedos, para desprenderse de aquella sensación acredulce. Tomé la excusa de esa grieta insipiente bajo su silla para encerrar la invitación de sus zapatos embarrados a una caminata placentera de miradas y sonrisas inocentes suscitadas por la tibieza de su jarra toddy. Contemplé las conversaciones desenvueltas en todas las voces que resonaban índoles sobre las tablas barnizadas, que enroblecidamente doradas por el paso del tiempo, quebrajaban junto al torbellino de su castaño cabello. Me detuve sobre las innumerables páginas que levantaban sus esquinas inferiores por el hojeo y descubrí cuanto conocimiento antiguo custodiaba su inquieta cabeza.
El anuncio de la campanilla en la puerta me daba la bienvenida al increíble sitio que me acogía cada vez que deseaba tragar una pena. Me deslicé por la banca en ciprés y esperé que llegara el elixir reposado cubierto en exquisita crema. Mis manos protegiendo el tazón, descubrían el sentido del cosmos cada vez que mis dedos abrazaban su cuerpo. Desenredé el scarf alrededor de mi cuello y golpeé de forma sutil el mesón veinteañero como punto de partida al disfrute de un momento personal y casualmente planeado. En eso, el ardiente sabor del whisky endulzado por la crema, se dirigieron a un árbol de humo que hallaba su nacimiento en el corazón de una pipa. La bebida caliente ya hacía su efecto, esclarecedor y fuerte, al dejar que mi barba cargada liberara un gramo de curiosidad, lo que inducía a ser interrumpida por mis dedos, para desprenderse de aquella sensación acredulce. Tomé la excusa de esa grieta insipiente bajo su silla para encerrar la invitación de sus zapatos embarrados a una caminata placentera de miradas y sonrisas inocentes suscitadas por la tibieza de su jarra toddy. Contemplé las conversaciones desenvueltas en todas las voces que resonaban índoles sobre las tablas barnizadas, que enroblecidamente doradas por el paso del tiempo, quebrajaban junto al torbellino de su castaño cabello. Me detuve sobre las innumerables páginas que levantaban sus esquinas inferiores por el hojeo y descubrí cuanto conocimiento antiguo custodiaba su inquieta cabeza.
Mientras me observaba delante del vaho, con mis nudillos raspé nuevamente mi barba y tomé otro sorbo de mi jarra, sintiendo como el azúcar rubia separaba sus cristales en una explosión de dulzura. Seguí quietamente los nudos de su sweater aran para descifrar el porqué de sus miradas flemáticas e impecables que me llevaban al siglo donde la vida consistía en morar en el centro de un bosque, rodeado por la simpleza de una llanura. Jamás creí ver a otro ser tallado igual que yo. En cierta forma, nos hallábamos dispuestos en el mismo espacio y momento, contemplando la risa del otro mientras las voces orquídeas se interponían. Junto a esa ventana mañanera, sus ojos profundos eran cubiertos por el vapor de su propio café. Sin darme cuenta antes, logré ver lo que contenía su tazón, un espectacular y compartido café irlandés que acompañaba una bráctea llena de murmuraciones alzadas por aquella lapicera negra, trazadas de esquina a esquina y rodantes por la plenitud de su rostro atezado. En eso me adentré a una confusión incalculable entre sus ojos y el reflejo de su tazón. Allí se emancipaba una historia que deseaba leer por sobre todos los sucesos que ya han mecanizado mis ojos y que encierran mis libros. Un espíritu tan llano y robusto al mismo tiempo me acogía entre los deleites del pesimismo perfeccionado en una cúpula del tiempo y la felicidad próxima a llegar en aquellos minutos.
No sabía que pensaba mientras me miraba. Para variar usé mi campo visual completo para hallar la razón de por qué tanta sonrisa esfumada por la pipa. De lo único que estaba seguro, era la cantidad de café irlandés restante en mi tazón, viniendo aquí el dilema, ¿Sólo doy un sorbo o espero que el frío de afuera entre para congelar su cuerpo?. Gustosamente me incliné banca atrás, mientras abstraído almibaraba mi barba silente y cargada a la oscuridad del café.

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