Alquimista Aéreo.-
"Ya no
tenía dudas, subía y bajaba de su estantería, desde la superficie hasta los
insabibles parámetros del firmamento. Hacía lo que quería con lo único latente
que me quedaba y con los tornasoles frascos historiados entre sus manos, sólo
bastaba golpetear sus tobillos para tomar aliento y desprenderme del suelo."
El
olor a tabaco que desprendía su cigarrillo imaginario, se había convertido en lo
único que me mantenía consciente al momento de registrar en su rostro, los mil y
un sentidos que estructuraban lo más bello y libre vivido. De un instante a
otro mi estado pleural estalló por sobrecarga de su aroma, el resultado de la
expansión, al apretar un gatillo sobre su cuello y su rígido mentón. Aturdido
por la agilidad de sus tendencias la situación no daba más ante mi mala suerte.
Yo tan torpe, mientras sobre mis retinas, unos tras otros, los detalles
alucinógenos de luces eran esparcidos por sus manos como disipando el humo de
un talco, penetrando a través de mi visión, era un mensaje, debía elaborar mi
percepción, algo quería decirme, algo estaba haciendo, algo que no entendía.
Un
destilado tras otro, transcurrían por el camino de vidrieras, giros,
expansiones, y reencuentros, la explosión de colores que se esfumaban tras
explosionar otros, luchaban por permanecer en vigilia, pero nada más que cien y
unas gotas del corolario caían sobre una hoja de cuaderno. Poco a poco, el
joven de cabello azabache forjaba un embudo con la misma hoja y vertía el
contenido en un frasco de 3/4 que le permitiría conservar el tono y de paso
marcar su cuerpo. Temerario y vigoroso eligió su antebrazo para dejar ahí el
resultado gravitacional de su experimentación. Como los más incomprendidos
artistas, comenzó a empujar la tinta sobre toda su faz, con una cautela y
atención incomprensible, desarmaba frascos para combinar otras historias, y
trazar los más bellos emblemas de vida. Era una excentricidad jamás antes vista
que retumbaba todos mis sentidos y que yo deseaba tener, de sus ojos sólo podía
percibir el deseo de la superación.
Acallado por el suceso, notaba como las formas
de su índice torcionaban el diseño, desde su codo hasta sus manos. Deseaba
entender el por qué el resto de su cuerpo albergaba otras escenas, más allá del
destierro de los pinceles sobre su piel, y de los borrados que hacía sin tener
resultado. Mantenía el predominio de mi sinceridad al admitir que había caído
de mi nube, ya no era un soñador, había ocupado mi nube como uno de sus
reactantes. Bajar a las alturas de donde vuela lo visible, me había costado el
precio de apreciar otras dichas. Mientras nebuloso recaía sobre mis
pensamientos, vi como mariposas volaban a su alcance, acariciaban sus dibujos,
como quien sana una herida, fue entonces cuando comprendí. Él era un
alquimista, de todas las reacciones que hacía, producía un nuevo fruto, pintaba
su cuerpo porque trataba de sanar esas historias, sus ojos soñadores sólo me
alternaron a las conclusiones, de las cuales, sólo una se mostró: cada tinte de
sufrimiento, es el trazado para la felicidad. Las mariposas eran las sonrisas
y acontecimientos que llenaban su rostro de luz admisible al suplantar esas
marcas con otro matiz, ellas eran la felicidad, todo lo que hacía, era contener
en sí mismo, las más tristes penas, los
más dolorosos golpes, y los anhelos más admirables que podían crearse, todo con
el fin de que ellas aparecieran, regresaran y permanecieran. Fue entonces,
cuando quise alcanzar a una de ellas, secreta por mi cuello, garabateé mis
dedos en el aire para atraer su orientación y dejar que mi índice y anular
fueran su cuna, infringiendo de paso a un trozo de reflejo que caía sobre mis
desprovistos pies.

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