Triarquía de hachas

Otra vez, la lid llamaba al asedio. Las penumbras de la guerra nos alcanzan a todos, aun cuando huyamos de ella en tiempos de paz. Aparece sin avisar, se crea en las sombras de un día, y, sin percatarnos, estalla en todos los frentes, rodeándonos en el conflicto. Nuestra naturaleza entonces se activa para escapar o pelear, pero cuando ya se está en el crisol, la única salida es batallar; en su antítesis, dejarse morir.

Todo ha pasado bastante rápido, entre gritos, hollín y plegarias. Sentía el recorrido tibio de la sangre hasta el talón. El martillazo continuaba de arriba hacia abajo, y solo un arruinado escudo me separaba de la muerte. De pronto, una embestida me quitó el peso de encima, y un fulgor platino y argento arrolló al enemigo. Abrí los ojos para tomar mi alabarda, escondida entre pendones, barro y sangre, me arrastré en el mohín de las cenizas para descubrir, con vista alzada, una estocada que cameleaba carmesí la cota de malla. Mi corazón, que creía extraviado, estalló como en una medianoche trecenaria y se agitó hasta bombardearme la cabeza, efecto que halló su final por una estruendosa interrupción: un zumbido giratorito de un espeto negro acrecentándose, hasta que fue silenciado por el cuerpo de mi esternón. El golpe fue seco y frío; el hierro era negro y brillaba como el carbón mojado, recién extraído de la profundidad. Sentí que mis costillas se desprendieron de la columna; su filo estaba tiernamente incrustado entre las alas del pecho. Ahora, lo que era refulgente por su pureza, estaba manchado por un puñado de granates.

Las nubes me llamaban, la grandeza de los cumulonimbos y la profundidad de sus entrañas eran el anestésico más poderoso a portas del último bramido. El hacha en mi espalda se había soltado cuando caí sobre ella, pero la durmiente en mi pecho permanecía fundiéndose entre carne y vapor. Mi cuerpo entero se ha convertido en una fragua; los metales parecían derretirse y combinarse entre ellos, pero eso no era otro efecto sino del humor abrasando los ojos. Escupí en tierra para sentenciar el lecho. Esto podría haber durado más, con una estrategia podría haber vencido, pero ya no. Con una rodilla apuntando al norte y la alabarda otra vez en mi mano, me detuve a escuchar el giro conocido de un espeto negro, un sonido creciente que se dirigía a mí, directamente a la cabeza.

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Las tres hachas tenían grabadas mi insignia. Con mango de roble y cabeza de hierro, la rígida y pesada autoexigencia; con madera de fresno y filo de acero, la desolación constante, y con empuñadura de haya y capital de bronce, el inofensivo desvaloro.

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