El Escocés
Lo hago todo el tiempo desde siempre, soluciono problemas y enmiendo vidas, pero extrañamente las únicas personas que no se dejan ayudar son mi familia. La carga que llevo apuntándome en lo que concierne a las etapas que cada uno de ellos debe atravesar para seguir creciendo en sus propias vidas ¿el problema? es que lo hacen mal y con suerte se estancan para no seguir empeorándolo. Desde niño siempre supe mi lugar, para mí la diferencia entre el querer, tener y deber fue clara desde el principio como un título serenísimo, en el que transité con éxito y eso me llevara a ser perseguido por envidiosos pusilánimes.
Mi espíritu no estima cosas más valiosas que las tradiciones, el rigor y la virtud como causales de legítimo honor y bonhomía; pero profunda, consecutiva y frecuentemente me siento solo luchando para alcanzar lo elevado en esta mísera tierra. Me siento rodeado de lacras cobardes, ruines y débiles que se esfuman al más mínimo combate consigo mismos para facilitar y agraciar la vida a quienes lo necesitan, siendo prácticamente la humanidad completa. Extinta es la idea de alguien negando ese principio para sí, pero ¿no puede esto obligarse, verdad? si alguien no recibe el bienestar que ofreces, no ha aceptado su condición triste y juzgada y ese será su fin hasta que reconozca lo contrario. Todas las personas precisan ser salvadas de su ruina, y a veces, es imperante ser drásticos aunque renieguen contra uno, te difamen y te lastimen en el intento, seguirás adelante, porque llegará el ápice en el que les sea revelado la fortuna de contar con alguien como tú.
El deber siempre debe ganar, siempre. El querer se desvanecerá en un infante resentido del cual sólo yo tengo conocimiento, quienes asumimos el valor de la responsabilidad en proteger a otros, incluso de sí mismos, debemos entonar himnos de sacrificio para que la línea del bien se mantenga en curso, aunque nos cueste la admiración de nuestros acobijados. He comprendido en estas semanas de estancia, que debo llorar en soledad a alguien que destinó ser el segundo sucesivamente en torno a sus sentimientos y elecciones porque no conocerá nunca a alguien que lo instale en un primer lugar equivalente a un trono. Quienes me observan de abajo y de arriba, no necesitan destellos de mi humanidad, sólo fortaleza e inamovilidad ante el desconcierto, el caos y fiero ataque en las rondas de la vida. Increíblemente estuve dispuesto a ser el ejemplo incluso de quien pensé que era el mío, heme aquí, llorando con ojos secos en una mirada franca, presidida sobre un rostro de paz y quietud que siempre he sabido lo que debe hacer, aunque no quiera o aquello me aterre al punto más abrupto, estoy firmemente decidido a recibir el cargo que usufructúo aunque en la soledad de mi morada, al ostentarlo con orgullo, lamente en horcadas de gaita la satisfacción de no ser derribado por tentadas y tensiones manteniéndome íntegro, y sólo quienes poseemos el don del auto-dominio somos aptos para guiar a otros al legítimo camino que deben tomar.
Luchamos por nuestra independencia y autonomía, peleamos contra todo aquel que se imponga en contra de nuestra libertad, pero no pueden negar que dar coces contra aguijones terminarán en consecuentes daños, para los cuales, sólo personas como yo podremos ser sus restauradores. Al mismo tiempo somos monarca y servidor, seres leales a la bonhomía que los contendrán envueltos y refugiados en las tierras altas del alba.

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