"Frente a la Potestad"

Era de mañana. Solía caminar para buscar el sol pero nada daba resultado. Ni siquiera el sol lograba devolver a mi cuerpo el pulso que necesitaba, la debilidad de la gravedad hacía de mí otro polvo siendo llevado por cualquier corriente que se atreviera a llevarme consigo y todo lo que venía conmigo. El pasto sobresaliente del suelo acolchaba los pies descalzos de este ente que nada más hacía que respirar bajo aquella nube, tan amplia, grande e inalcanzable, que abarcaba todos los rincones de mi techo.

A pesar de todos los esfuerzos posibles, no sabía lo que me faltaba, cansado de escribir sobre la tierra, me aventuré a acostarme sobre la tierra febril y fría, con la misma situación que yo, en busca de calor.
Desde aquí podía verlo todo, las altas montañas verdes, que jugaban con los aces de luz en reflejar tonalidades diferentes. Fue en eso que recordé aquella escena, donde bajo la confusión de la necesidad de sentirse amado y necesitado, ellos se infundieron en un beso, profundo, transparente que resaltaba por la verdad. En situaciones como esta me preguntaba: ¿Serviré para amar a alguien alguna vez en mi vida? O más bien ¿Serviré para ser amado por alguien?. Era la pregunta que me inspiró el cielo totalmente expandido, y despejado. Entonces comprendí la espina que se disponía sigilosa, en el hilo en el cual se ordenaban mis pensamientos.

El sol era abrazador, pero no desprendía calor alguno, sólo luz que se reflejaba a la superficie de mi retina, que en ese instante parecían blancos, recubiertos por una fina capa de vidrio. Acostado por completo, el ramaje de mi árbol compañero impedía que mi cara sufriera la agonía de la carga solar para encontrar el calor entre medio de las ramas y sus hojas, jugar a la escondida con el sol no era un trabajo fácil. Las terminaciones de mis miembros inferiores eran cubiertos por el color amarillo potente traslúcido que daba cada día, y en los arcos de mis pies podía encerrar las partes más nítidas de mi vista.

Momentos como este deberían ser eternos, donde sabes que sólo estás tú, que no habrá nadie cerca de ti con su corazón en las manos para hacerte daño. Respiré ese aire insipiente para darme fuerzas y sentarme frente a la potestad de mi Ilusión.

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