El último precipicio
Efectivamente, no podemos controlar las decisiones de los demás, aunque agotemos hasta el último ápice de fuerza en intentarlo. Creí que había venido hasta aquí a lanzarme nuevamente al precipicio, pero no. Intentar cambiar sus decisiones siempre ha sido el abismo en el que caía eternamente sin tocar el fondo. Amamos e intentamos, pero nunca podremos revocar lo que otros ya decretaron para sí. No somos poderosos, aunque el amor sea poder; lo somos cuando amamos y, por ellos, hacemos sacrificios, pero no se puede vivir agónicamente.
Creí haber venido para lanzarme otra vez al precipicio, pero no es mi destino saltar. Ya no es el impulso sindrómico de salvar a quienes no desean ser salvados. Creo que vine al abismo sólo a mirar la distancia de lo que pierdo si me lanzo. ¿Cómo puedo dejarme ir si hay tanto por lo que debo vivir? Soy poderoso porque amo, y me sacrifico porque amo, pero decidir morir en vano no tiene sentido alguno. Morir por alguien que se ama sí lo tiene... pero no cegado.
Vendrán más aprestos en el futuro. Sólo es cuestión de sentir el corazón palpitando contra el frío, la respiración camuflándose con el viento, estar arrodillado en tierra húmeda y quitarse el barro con hojas y palos de ella al levantarse. Es levantar la cabeza para ver cómo caen las primeras gotas y entrecerrar los ojos para enfocar el atardecer.
Hay fondos que no son los nuestros. Ya no necesito tocar uno, porque siento que lo mío ya son las superficies y, de ahí, sólo alturas.

Comentarios
Publicar un comentario
Sólo escribe lo que sientes, lo que acabas de leer tiene un valor personal e inmensurable ante ojos humanos.