Ignífugo


Solo es cosa de lanzarlo al abismo del mar, y esperar que las olas lo destrocen contra las rocas. La sangre escurría caliente entre los arcos de mis manos, y se enfriaba a medida que recorría mi índice, apuntando al centro de la tierra. Cada gota de hierro rojizo decantaba sonante en la superficie; armaba una sinfonía entre la caída y el débil latido que se rehusaba a abandonar las paredes de sus ventrículos. El pectoral se sentía extrañamente ligero, vacío pero sin apremio, una sensación que nunca antes había experimentado; los pulmones tenían más espacio para expandirse. Pareciera que las emociones y el torbellino de los pensamientos se habían esfumado en el momento exacto en que había ocurrido la extracción desde el núcleo pleural.

Podría apretarlo con todas mis fuerzas hasta molerlo, servirlo y darlo a las bestias del campo para que coman la funda de su grosor; o dejarlo en el ápice del árbol más alto, para que un rayo lo haga estallar en mil pedazos. Escalar las montañas y llegar al cráter hirviente para arrojarlo directo al burbujeante magma que lo funda en su candor... podría ensartar un puñal y dejar que se desangrara hasta la última gota; desecarlo, abandonado en el árido desierto; o encadenarlo a las hiedras del Hades para que lo recóndito de las cavernas procese su olvido; empujarlo al fondo del océano pacífico en un arcón de osmio donde las corrientes lo extravíen para siempre... porque no encuentro otra forma, no tengo manera de detener la maldita batalla de tratar de calmar el latido frenético que se dispara cada vez que mis ojos anhelan lo que no puedo poseer. ¡Ojalá tuviera el poder para desintegrar su sustancia y dejar de cargar un corazón así: engañoso y mortífero! Podría ponderar el peso de mil mundos, pero nada sería tan pesado como la condición oscura de esta bomba orgánica.

Solo recuerdo el estallido en mis oídos y, en el acto siguiente, tener un corazón escarlata, brillante e indefenso en el puño de mi mano, expuesto al mundo terrestre para su congoja y pulverización. La obra divina del Creador yacía exánime fuera de mi pecho, agonizando yo para verle morir primero... Pero sigue palpitando; es como si Dios resistiera la idea de retirar la electricidad de su carne para mantenerlo con vida.

Estaba parado, sosteniendo el corazón en la mano, a punto de echarlo al fuego para ver cómo las lenguas de sus brasas y azadón consumían la carne moribunda de sus arcos... pero, a pesar de todos mis intentos y de su misteriosa iniquidad, el objeto y razón de todas mis desgracias, no puede ser destruido.

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