Febrero 28, 1869.
“Porque cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al
corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.”
Un hermoso pensamiento que leí en las páginas de una vieja biblia hallada entre
los tapices del ático; sin duda es un versado de origen divino para comprender el
sentimiento que deseo enarbolar en estas líneas. Como audaz relámpago, habría expedido
mi carta hace semanas, más acaecería quemando tus ojos uniendo palabras entre
las manchas de tinta, impresas de un escritorio de viaje y una desarreglada
caligrafía de alta mar. Sí, te escribo desde un transpacífico que me lleva a un
eclipse de mi destino, un cruce celestial inesperado. Salvé las fronteras como
esperaba, pero no al puerto británico que estipulé hace un año… los vientos
redirigieron su favor a cumplir un sueño mucho más grande, uno excitante del
cual nunca precedí gozar a tal jornal. El viaje si puedo imaginártelo, fue algo
parecido a un parto de trillizos con una madre obesa y un padre inútil, un
complicado cordón que osciló mi permanencia de un lugar a otro hasta que por
fin después de dos barcos, tres trenes y un carruaje, puedo proferir con
singularidad mi arribo a Santa Cruz de la Sierra, un emergente poblado al Sur
de Bolivia, tan oscilante en su clima como su misma gente, un lugar con aires
tropicales y asolados rudos que saturan el tiempo en muchos estratos, pareciera
la existencia de millares de calderas ardiendo bajo tierra que liberan vapor
por los árboles, porque las sombras sólo ocupan espacio en el paisaje.
Fue una travesía narrada por Crusoe, te lo aseguro, lo
sabrás todo en la sucesiva carta de Otoño. Sé que no alcancé a compartir
contigo esta confidencia, más lo expongo desde su inicio, decidí rehusar mis
posesiones por un año y buscar un lugar donde la medicina es escasa, la
religión confusa y la maldad se percibe como un comportamiento natural. Es así
como una institución reclutó preceptos jóvenes, señores y señoritas de neo
bogaría que ofrezcan sus virtudes en favor de regiones abandonadas por el
desarrollo empírico del siglo XIX. Este estruendoso desafío ha llamado a tantos
que circundan el globo en su magnitud hasta converger en estas latitudes. Por
muchos años, sabes bien, me asaltaba el pensamiento de mi inexistente parte y
propósito por la manifestación de mi tímido carácter, pero hoy he encontrado a
muchas personas como yo, pareciera que nos prestáramos el mismo catalejo porque
vemos todo de similar figura y fondo, si bien son todos personas afables y
sumamente virtuosas, carezco de palabras para expresar a ti mi gratificación
con la vida que me tocó. Algunas ocasiones en el pasado me convencían en
fuertes tempestades que la dicha en este ciclo sólo favorecía a quienes hacían
un trato con el destino, pero siento con un pecho hinchido por el orgullo de la
valentía, que el sol brilla vigoroso en lo alto de mis días. No te mentiré, sé
que estoy cansado, en lo que van los 28 días de esta aventura, pero al cerrar
mis ojos y percibir más allá lo que viene, mi corazón se agita con tanta fuerza
que de paso conmoviendo ambos luceros con los oficios del presente.
¡Cómo imploro que los días multipliquen sus horas y
extiendan sus vigilias para hacer de esta marcha una ruta inmortal! pero pase
silente en su espacio idóneo, de tal manera que en un año pueda yo volver a los
míos. No sé que me deparará el padre tiempo, pero anhelo ver el desenlace a
finales del próximo verano. Mi corazón está tranquilo, sin marcas, sin
recuerdos… está vacío del terror, y mediante pasen los días, se llenará de gozo
por mis semejantes levantados. Sólo pido a Dios la fuerza y su saber para no amedrentarme
y desaparezcan los fantasmas del pasado. Te sigo echando de menos, extraño tu
voz y tu risa morando entre el crepito de las hojas y el viento húmedo inmediato
al río; las conversaciones de mis padres… los he respaldado en el eco de las
montañas que son la voz y mandato del Hacedor.
Siempre tu amigo sincero y leal.
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