La Traviesa
"El poeta del Siglo de Oro español la nombró como la muda ciudadana, Leibniz como la mónada sin ventanas; para otro psicoanalista es el duelo blanco, para quien sigue es Vas hermeticum, un tal Simmel le gritó: der Fremde; un revolucionario Winnicott la bautizó como conquista psíquica y para los estoicos su primer llamado es la ciudadela interior, pero yo la llamo la traviesa."
Nuevamente escuchaba su risa desde las esquinas; su letargo se desvanecía cuando la cerradura sonaba y entraba a mi casa. Su inquietante paseo me recibía sacándome la parka y colgándola por mí en las astas de la entrada. Parecía que tomaba mis manos cuando las refregaba para calentarlas al desabrigarme en la sala vacía y fría; su inútil apariencia no le permitía ejercer el fuego para encender la estufa, pero sí llenar todo el espacio disponible en cuanto me sentara.
Su silueta helénica se acomoda a mi lado al servirme el café y rellenar el pan de la once; a veces me imita al comer y queda quieta observándome en las pausas entre bocados. Sus ojos se agudizan cuando me río por la serie que veo, y pareciera sentir sus dedos enredados en mi cabello para incitarme a hacer algo bajo los escombros del crepúsculo.
Aunque a veces la busco y la poseo, se vuelve tedioso cuando se adhiere a mis espaldas abrazándome bajo los brazos. Cree que es cómico arrastrarse detrás de mí en cuanto doblo la ropa, la guardo, tiendo mi cama y lavo los platos. Se sienta en la encimera de la cocina pasándome todo mientras cocino; a veces me habla con el recuerdo y otras se enfada y se encierra en el cuarto. En las noches de verano la veo tranquila y generalmente sale al campo para extraviarse y alejarse. Para distraerla de su día, coloco mis canciones y bailamos descalzos en el centro de la casa, hemos aprendido a seguir el ritmo aunque no estemos coordinados, nos reímos y emocionamos ante el reflejo de las ventanas.
Su figura me vuelve loco, en ambos polos del sentido: la deseo cuando el mundo me harta y busco su piel silente, y otras en cambio la desprecio con furia por lo que no puedo poseer a pesar de ella. A veces se queda ahí, se mueve para allá, juega a las escondidas y se ríe de mí desde las esquinas y los rabillos de la puerta; para mí es una traviesa que se apodera de la ironía cual navaja contra su acompañante, o la convierte en almohada para que yo dormite en su regazo y no la rechace. Ya aprendió sus tácticas y está convirtiendo esto en su juego para ganar al mejor postor. A veces percibo sus manos asfixiándome como jugarreta, le escabullo los pensamientos y la dejo hablando sola cuando invito a alguien más. A través de la historia le han llamado de muchas maneras, han estudiado su mente, discurso y cuerpo, pero al final en algún momento se ríe de todos, por eso, la soledad es mi traviesa.

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