El enarbolado
Querer morir no es lo mismo que desearlo.
Cuando el dolor nos vuelve ajenos a nosotros mismos, confundimos el anhelo de frenarlo con cesar de respirar, como si su llama se extinguiera con el mismo aire de nuestros pulmones expirados.
En la nebulosa de sus ojos, le pareció ver pisadas alejándose hacia el norte. El ciervo armonizó sus latidos y, en cada bocanada de aire, se arrastró de vuelta al sendero. Bramó tan fuerte que las aves se esparcieron más allá del prado por el eco recio de su garganta. Solo los abetos del camino contaron las agónicas horas y el recorrido que perdió de vista al principado entre el espesor del bosque.
El alba se alzaba fuerte y la mañana resplandecía como el mediodía; su sol era cálido y encarnado entre los pasos del follaje, empujando las hojas del variante ocre hacia el suelo. Parecía que los años habían escogido este páramo como su favorito, porque todo era firme y excelsamente bello en su pura presencia. A medida que caminaba, el crujido no entorpecía la sinfonía que el silencio de la madrugada demandaba; parecía, incluso, que los arbustos, toda flora y fauna, hongos y árboles se inclinaban reverentes a su defensor y custodio. La tristeza a veces embargaba el vientre de su señor cuando veía en los rostros de sus convidados la expresión de asombro; solo cuando sus cornamentas se erguían hacia el véspero, el brillo de su cicatriz renacía como memorial de un asta triunfal. Del otoño y la ventura carmesí extraía el vigor de su serenidad; del invierno, el crudo aprendizaje del recuerdo; de la primavera, la tenaz oportunidad de regenerar y crecer de nuevo, y del verano, la decisión de madurar y avanzar a un nuevo ciclo: no uno que se repite incansablemente, sino uno que ofrece las mismas gracias sin replicar la historia.
El ciervo comprendió, en el paso de su juventud a la adultez, que nada es para siempre: los cazadores vienen y van, el fulgor de las estaciones se enrudece y vence, los astros se mueven circenses sobre la tierra y él sigue aquí, prosperando en el principado que le fue confiado y concedido por la providencia. Ya no se trata de la inminencia del peligro, sino de la seguridad de quien se es por elección propia. Otras vidas renegarán y se enlutarán por lo que no es o fue, pero el ciervo ha de permanecer imperial en la humildad que ha buscado desde antaño, no alzando su candil puntal contra el enemigo a pesar de su fuerza, sino imponiendo sus astas valedoras y su pecho cual broquel para proteger a todo aquel que lo necesite, porque para su roseta no hay otro propósito.
Y, victorioso, el olvido ha desintegrado lo primero. El ciervo se ha enarbolado.
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Parte I: El Ciervo

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