🌀

No hice nada, sólo me senté atrás, al lado del que casi fue mi asiento. Si el universo es comandado por un ser superior que anhela el bien de las criaturas, no me cabe duda de que es responsable de evitar el desastre cósmico del cual iba a ser protagonista. Escuché su voz y, en un arrebato, me giré para conjugar nuestras miradas en una línea recta y directa, a la sorpresa de coincidir en el mismo segundo. Por un instante fui incrédulo al momento que vivía, pero obedecí a la costumbre y me pasmé hacia adelante, pensando en la causalidad que me persigue, burlándose.

Se grabó el contorno de su rostro y su cabello, pero sin el detalle de sus facciones. El motor fue encendido y, en tres minutos, ya estábamos en la carretera rumbo a nuestro destino. El silencio de la noche dentro de la cabina sólo era el pretexto para voltearme cada tanto, cada vez que sentía su atención en el vórtice de mi oído. De reflejo, percibía la luz de su teléfono en su rostro azul, como intentaba acomodarse en un asiento que no le era confortable. Nunca duermo en los viajes largos cuando son de noche; no es ansiedad lo que me mantiene despierto, sino la tranquilidad del movimiento... las luces tenues que se encienden cada cierto tramo y el silencio de todos los pasajeros.

Entre la música y su rendición, dibujé en la ventana el paisaje de siempre, aunque esta vez quería que las nubes y las montañas resaltaran por su fuerza. Fue cuando llegué a un peaje que un flash controlado de un teléfono se disparó en una sutil captura de la ilustración en la empañada superficie. Me giré en silencio para ver un esbozo de sonrisa que se estiraba sobre una butaca. Así, en completo silencio, transcurrieron las seis horas de viaje... le veía de vez en cuando, con la boca un poco abierta por el sueño y su polera palo rosa que perfilaba el borde de su mentón. A ratos, movía su asiento para anunciar que había despertado. Dos de esos momentos me sorprendieron con la frente pegada al asiento delantero, mientras las horas pasaban hasta que también me quedé dormido.

El mismo vaivén del bus, en las tierras que reconozco, me abrió los ojos y pude ver que ya comenzaba a alistarse para el arribo. Se encendieron las luces, el silencio se esfumó, y, en un juego despistado, ya estaba bajando por las escaleras sin decir nada. Extasiado aún por la melatonina, estaba convencido de hablarle, pero pasó por detrás y no lo detuve...

Lo dejé pasar otra vez...

Dejé pasar el amor y su oportunidad.

Tal vez ya no es la oportunidad de dos. ¿Son las oportunidades para uno?

Comentarios

Entradas populares


¿Vendrías verdad?