El filo.
He escuchado la lluvia nocturna recostado con la luz del notebook pegándome en la cara, mientras avanza una película de bajo presupuesto que figura como compañía. Los últimos cinco días me han servido para suspenderme en el vacío que se pronuncia en mi pecho cada cierto aborigen. Despierto confuso por una frustración impotente que no puedo describir, incluso, logrando hacerlo, sería rebatido porque no puede circundarse en esta realidad. Creo que cada esquina de nuestra vida humana nos obliga a ver el amor como la solución de todo, la salida, la entrada, el antídoto, el inicio, lo eterno.
Pero, en cambio yo, he aprendido a tenerle miedo.
Estos días son sentencias permanentes de una guillotina hojeando mi cuello por cada pensamiento, diálogo y emoción que se encumbra por alguien.
Siento que concebir el amor sería firmar mi muerte.
Bueno, ese es el pánico que puedo publicar para no ahogarme con mi propio aire y saliva.
Quiero hacerlo, pero no quiero morir en el intento, y eso, es lo imposible.
No puedo tener ambos.

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