La Casa en el Árbol

"Ver los rostros de tantos niños abriendo sus corazones a algo mucho más elevado, algo tan profundo que cala en lo más hondo de sus almas. Esa es la esencia de las historias, y yo estaré aquí para oírles y contárselas. Sube a mi Casa del Árbol.


Desde pequeño recuerdo inventar mis historias mientras mis ojos se movían inquietos captando ideas de afuera y así tratarlas con mi imaginación. Incluso, confeccioné una especie de cincel; una varilla con papel higiénico en su punta, que usaba al componer mis narraciones. Nunca faltan las personas que te cortarán las alas, sé quiénes se burlaban de mí, y hasta el día de hoy imitan lo que hacía para avergonzarme, pero no tienen la más pequeña idea, de cuán orgulloso me siento hoy de eso. Nunca me jacté, pero si la hubiera desarrollado más, hoy tendría una capacidad simbólica bien grande, aunque a veces me impulse a mí mismo, y siga viendo cosas donde no hay, o reflexione en mi cuestionamiento favorito: ¿Y sí...?

Recibí mi ropa extra para subir a la aventura, literalmente, a grandes zancadas producto de la distancia entre un escalón y otro, abordé un mirador que me alzó en un puente colgante, cabizbajo entré para sorprenderme con el acogedor espacio, ya preparado para recibir a mis huéspedes más especiales. Sin un libreto en mano, fue a causa de los segundos, mientras recorría sigiloso y vislumbrado cada rincón de la casa, con sus detalles tan preciosos y sencillos que enriquecían incluso a mi propia alma en ese minuto. Cerré los ojos y repasé el libro escrito por Daniel, conecté unas ideas y en la hilera de frases, compuse con mucho amor, lo que esperaba, fuera un descubrimiento tierno para muchos de mis invitados.

Fue entonces, que asomé mis ojos por la ventana, y tal fue mi sorpresa, cuando un ejército de niños se desplegaba a casi un estadio para subir a mi casa y escuchar las historias que tenía para compartirles. Un temblor enérgico ya conocido, me hizo sonreír ampliamente ansioso, para esperar al primer grupo. Me levanté a un costado de la entrada y saludé de sorpresa al primer niño que se río del susto, al que se sumó una tropa de expectantes pequeños que rodearon sentados una improvisada fogata. A la luz plena de la tarde, abrí mi boca y no sé cómo iba a cerrarla. Fue mágico. No creo exista una palabra que pueda usar desde la razón para expresar lo que siento cada vez que recuerdo ese día. Ver los rostros de tantos niños abriendo sus corazones a algo mucho más elevado, algo tan profundo que cala en lo más hondo de sus almas. Pareciera que sus ojos se agrandaban más en tanto que me paraba y agachaba, al gritar para luego hamacarlos en un susurro. Ese destello refulgente investido de inocencia que surgía en sus miradas... y cómo olvidar el mismo enlace en los adultos que se mantenían junto a las paredes expectantes a lo porvenir también... por un minuto, me convertí en un maestro y ellos todos, en un grupo selecto de infantes a la espera de su enseñanza. ¡Qué privilegio es enseñar!, porque al hacerlo, uno aprende más. Las horas pasaron tomadas de la mano, en la ronda del campo, y ya la luz de la noche nos hacía replegarnos de nuestro encuentro, no se contaron los minutos, ni a los visitantes, la cantidad de grupos ni las plegarias descritas en el desenlace de cada monólogo, pero nada se trató de cantidad... si no de vivencias... niños silentes, inquietos, distraídos, inmóviles, todos fuimos envueltos bajo el mismo manto de la sabiduría y la fidelidad. Entramos a una burbuja realmente.

Creo que estoy puliendo un don y agradezco esa gracia a quien la concede gratuitamente para usarme e inspirar a quienes me rodean a ver más allá de sus ojos... Me convertiré en un buen cuenta-cuentos, que no tema al resultado, sino al abandono de esta noble tarea. A quien quiera venir, bienvenido será a mi Casa del Árbol para escuchar una nueva historia.

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