ATLANTA

"Sólo quería verte una tarde en la fría Atlanta y envolvernos unas horas, sentarnos tranquilamente en un bucle de marzo y tener a la lluvia escuchando nuestra conversación."


Ya son las tres de la tarde, me senté para esperar verte entre medio de la gente que circulaba tranquila en un escondido y pequeño barrio de Georgia, donde incluso, la persona más estresada toma una siesta en pleno horario de trabajo. Pero entre tanta lentitud hubo algo que logró acelerarme, impulsivamente me puse en pie y permanecí contemplando tu rostro y su mirada perdida entre las vitrinas de ropa. Notables ojos oscuros que se achicaron al esbozarse una sonrisa de labios apretados. Jeans, que bien te queda la ropa de mezclilla, sobre todo las chaquetas, porque yo no tengo cuerpo para llenar una, pero no me quedo atrás, alguien inteligente diseñó las camisas de similar carácter para combinar contigo.

Supe que viajaste también, improvisadamente me reí sorprendido describiendo tus fotos en esos lugares, yo tampoco te anuncié mi partida, y ante esta serie de eventos, menor es el mal al ser ambos igual de olvidadizos para no reventarnos la cabeza con el martillo del celo. Extrañaba la sensación de tenerte tan cerca rozando las arpilleras de nuestros pantalones mientras bateamos los pies en la acera húmeda. Parece que la gente llenaba las calles americanas, no tuvimos otra reacción que movernos a una banca vacía aguardando cobijarnos un par de horas. Veía tu rostro en el agua, estoy tan conmocionado que me es necesario migrar mi atención de la realidad a lo aparente para no perder el control de esto. Es tierno verte. Es lícito oírte.

Mientras usabas tu sarcasmo se me ocurría partir el chocolate tibio de mi bolsillo e iniciar nuestro encuentro antes que el tiempo y sus agentes responsables nuevamente nos separen. Pero me ganaste, y antes de percatarme, ya en tus manos se encendía la cámara escondida en tu mochila negra; con cada presionar componías tu historia imparable, me parece que sacabas la foto cada dos segundos, porque tenías capturado todos los días de tu aventura en el extranjero y el problema de contemplarte en tu actividad favorita es que más me haces convencer de mi aburrida persona y ordinaria vida. Por eso me gusta lo extraordinario.

Tu voz se componía tan despacio y nerviosa, volviendo escuálido el momento febril al cual ambos estábamos expuestos, pero más se esforzó el asunto cuando fue mi turno de contarte todo lo que he hecho en un mes y medio fuera de casa. De hecho, hasta hace poco no lograba hallarme en este grupo, me sentía tan diferente, disperso e insignificante entre tanto currículo, y más cuando te ponen a cargo, ya sabes, obligado, porque voluntariamente hubiera abortado la misión, no sirvo de espía anunciado, pero tampoco nunca me ideé la estrategia de irme, claro que no, sabiendo la magna oportunidad que me dieron. Efectivamente, estoy feliz y quería decírtelo, mirándote fijamente mientras me es correspondida la noble profundidad de tu alma emocionada porque compartes mi dicha. Tu también estás feliz, se nota en cada uno de tus estados, fotos y en tu tono, parece que no precisamos de nadie más, sin embargo, profesamos lo contrario. En tu dinámico viaje admiro tu talento, tus agallas silenciosas y tu inglés domado y chistoso, indiviso en conjunto me pone contento. Y me aspereza la cabeza cuando sigues ahí caminando disponible para mí. Francamente serías una tentación menos en la vida, jaja.

Perdí la cuenta de las personas que pasaban mirándonos confusos por hablar como si no hubiera nadie más en la tierra, tu risa baja y la concentración de mi yugo hacían el resto. Por qué avanza tan pronto la tarde, ¿por qué te ves mejor bajo el nublado? En fin, sé que estamos distanciados por cientos de kilómetros, y de cierto ninguno vive aquí, somos extranjeros en una tierra que queremos conocer juntos, pero sin conocernos. Sólo quería verte una tarde en la fría Atlanta y envolvernos unas horas, sentarnos tranquilamente en un bucle de marzo y tener a la lluvia escuchando nuestra conversación. Te veo pronto sur mío.

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