Mirar
Así como otros deben aprender a cerrar la boca, a mí me toca aprender a no mirar de esa forma cuando no debo hacerlo. Caí; solito me metí en este problema, fijando por casualidad la vista en una escalera mecánica que descendía —mi deporte es contemplar a la gente pasar—. Pero, rayos, su cabello negro y noventero se mezclaba a juego con el tono caramelo de su piel; en un lento segundo debí haber quitado la vista apenas me la devolvió, pero no pude. Me quedé pegado viendo cómo se compuso en cuanto se percató de mí, cómo dejó de agitar su mano mientras hablaba con su compañera, hasta que se posó detrás de nosotros, retomando su puesto de trabajo. No escuché su voz, no detallé su forma de caminar ni analicé su posible temperamento; sólo cedí al paso de los minutos.
Cuando terminamos de comer, me levanté en un giro para irnos, pero sus ojos se estacaron hacia mí. Desde el otro extremo del mundo, al final de la barra, me miraba inerte, cubriendo su cabeza con la malla que no lograba opacar su cabello negro como el charol. Pude inventar el pretexto de una copa fría, pero ya debíamos irnos. Sin embargo, su mirada no me soltaba; el hormigueo de los pies ascendió hasta mi sonrisa como respuesta refleja a la vuelta que no esperaba. Pensé en todo esto por una semana.
Pasaron siete días y, en el mismo viernes, cauteloso y sin planes, pasé por allí «por si acaso». Sorprendentemente para mí, esta vez eran sus ojos los que me descubrieron y me perseguían. ¿Me habrá estado esperando desde su puesto con la esperanza de verme en el gentío? Lo que otros llamarían oportunidad, debo verlo como un problema. En el forcejeo con quien me acompañaba, seguro habrá entendido que me incitaban a hablarle, pero sólo era la disputa por dónde comeríamos. Llevo pensando esto tres días.
Tengo un serio problema con las miradas: las dejo libres, esparcidas en la gente, pero para nada estoy acostumbrado a ser capturado por una. Provoqué esto; los dos estamos traspasados por nuestras miradas, y quien la esquive primero —rompiendo aquello como una flecha en el costado— quebrará la ilusión del otro y, por consiguiente, la de ambos.
Ante la posibilidad de ser o no ser, se elige ser; pero debo decidir no serlo.

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