Momijigari
"Como la mañana es perseguida por la noche, y la luna se resiste terrestre al día para provocar su permanencia, el sello de estos pensamientos cede al ciclo que debe cumplirse en la circadiana existencia y la duda se ancla al juicio de la realidad."
Mientras subía por las escaleras al palacio, un tropel de sirvientes aparecían inclinándose con sus bandejas de forja; la cerámica en su superficie se alzaba para tentarme a tomar de ella el alimento de la primera hora. Rechazarlos con la mirada era el ademán que todos habíamos pactado. Sin duda, querían cumplir con su propósito, y no era su culpa: simplemente era yo en el crepúsculo de la jornada.
Veía al séquito de escribas y kunaichō tomar posición en sus puestos, cabizbajos como nunca antes sentándose en sus shitones. El sol resplandecía cálido desde el mar del este y los árboles se mecían serenos por la canción del viento. De pronto, una sombra junto a mí extendió una bandeja; examiné el torinoko contra los rayos del norte. El papel de morera había sido prensado recientemente, manufacturado con la más alta calidad: podía apreciarse el kinki, salpicado con finas hojuelas de oro y plata, mientras que otros folios se veían teñidos en tonos degradados mediante sanbashira, apropiados para el mensaje real. Puse el pulpejo del índice derecho en el suzuri y froté mis yemas para comprobar lo que esperaba: la tinta era exquisita, tan negra como el ébano, pero brillante por los cristales de su pureza. El tintorero había hecho un trabajo excepcional mezclando el sumi con agua pura de las montañas del sur.
El aire entraba tibio moviendo las telas de cáñamo tendidas por hilos de seda blanca y negra, junto a los estandartes, los sudare y las ramas de sakaki. Entré en la solemnidad del aposento, escuchándose únicamente el arrastre de la seda por el salón. Me apoyé en el kyōsoku para contemplar la vista magna en su esplendor, a tono con el trazado sobre los papeles imperiales extendidos en cada mesa labrada. Todo estaba resuelto y contenido.
—Escriban —indiqué. Al unísono cada uno tomó el fude y untaron la punta prestos al trazo —. Las cartas llegarán a su destino a tiempo para aquello por lo que fueron hechas.
Los crisantemos estarán floreciendo en poco tiempo, misteriosamente en aki.
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